¿No lo oyes? ¡si el ruido lo llena todo! Tañido
creciente, como una campana. Oigo los nombres
de todos los aventureros perdidos, mis iguales, de
cómo uno era muy fuerte, el otro valiente
y afortunado un tercero, pero, todos ellos, ¡perdidos!
Tocaba a difuntos por la tristeza de años.
Allí estaban, en las laderas apostados,
reunidos para contemplar mi final,¡un marco
viviente para un último cuadro! En un lienzo en llamas
los vi y los conocí a todos. Sin embargo,
valeroso, me llevé el cuerno a los labios
y soplé.
«Childe Roland a la torre oscura llegó.»
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